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EL HOMBRE “LIGHT” EN EL DESASTRE DE LA HUMANIDAD ©
All content on this website are freely distributed. Click for more information Date : Agosto 4, 2010   | Published by : bautista Email: bautista@uhu.es Web: http://www.investigalog.com About: European PhD in Psychopedagogy, Doctor Honoris Causa Universidad Iberoamericana (Paraguay). Lecturer at the Faculty of Education, Univ of Huelva (Spain). Lecturer at the Univ Autónoma de Asunción (Paraguay) and Univ Nacional del Nordeste (Argentina). Specialist in Pedagogics, Didactics, Teaching and Learning in Organizations, educational reform, etc. More of 20 books as author and co-author. Facebook: http://www.facebook.com/jose.m.vallejoSee Authors Articles (86)  | 2 Comment/s Category : Humanities and Social Sciences | Language : Spanish Author/s : JOSÉ MANUEL BAUTISTA VALLEJO |
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El hombre antiguo es un hombre de ánima; el hombre moderno es un hombre de ánimus; el hombre posmoderno es un hombre des-animado. El silencio es el vehículo del hombre antiguo; la palabra es el vehículo del hombre moderno; el ruido es el vehículo del hombre posmoderno. |
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El hombre “light” en el desastre de la humanidad
Dr. José Manuel Bautista Vallejo
bautista@uhu.es
Universidad de Huelva (España)
El hombre antiguo es un hombre de ánima; el hombre moderno es un hombre de ánimus; el hombre posmoderno es un hombre des-animado. El silencio es el vehículo del hombre antiguo; la palabra es el vehículo del hombre moderno; el ruido es el vehículo del hombre posmoderno.
¿Cuál es tu opinión? ¡¡Exprésala!!
Hablar hoy de una crisis cultural es tanto como hablar de una crisis de realización del hombre. Parece no haber inquietudes culturales, ni grandes aspiraciones sociales, ni verdaderos debates ideológicos en la sociedad actual si echamos una mirada a nosotros mismos y más allá de nosotros. El estado de las motivaciones está por los suelos si bien todas ellas llevan a un efímero bienestar, tantas veces falso como fundado en la debilidad de unos presupuestos en decadencia.
La rapidez y la mutación constante de la vida, la veloz cultura de la imagen, más pasajera si cabe que la moda que nunca arraiga, los discursos fatigables, ligeros o efímeros, la existencia sumergida en la fútil banalidad y en la mediocridad desmedida; no parece que estamos precisamente en una época que valore el esfuerzo, la vocación. El mundo postmoderno no se caracteriza precisamente por la capacidad de reflexión, más bien se distingue por la precipitación; es como si el hombre actual no parase de moverse entre las cosas, y cuando se cansara, las pusiera en movimiento.
Todos éstos se nos proponen como los rasgos de un cambio antropológico que, a su vez, suponen un proceso de adaptación a una nueva cultura cambiante, tecnológica, internalizada, virtual y consumista (Vera Vila, 1995).
Por otro lado, esta cultura se caracteriza por una especialización cada vez mayor que no es más que reflejo y consecuencia de una sociedad que ha empezado a fragmentarse, que es capaz de introducir términos como los de lenguaje privado, vida íntima y entronizar a un sujeto desvinculado de su razón colectiva. Y relacionado con esta posición también se dice estar en la cultura de lo efímero, que tanto está afectando al hombre, por cuanto que el hombre no desea continuidad alguna entre los diversos momentos y espacios de su vida, porque claro es que eso resultaría ser el regreso a la realidad y una vuelta hacia la responsabilidad con ella.
Los prodigios técnicos de la electrocomunicación han encontrado un terreno abordable y suficientemente abonado para el hombre alimentado intelectualmente de la postmodernidad. Para Calvo Hernando (1980: 347), «la ciencia marcha adelante, rápida y furiosamente, pero nuestra capacidad de manejar los nuevos poderes no mantiene el mismo paso; al acelerarse el ritmo, la distancia que separa nuestra capacidad de descubrir y de manejar los descubrimientos se hace cada vez más grande. En muchas áreas de la ciencia, nuestro conocimiento se duplica de siete a diez años. Sin embargo, al utilizar tal conocimiento, solemos basarnos exclusivamente en creencias y prácticas que se originaron hace siglos».
Era de la electrónica, sociedad del espectáculo, del goce, era de la civilización, sociedad light, nueva Edad Media, tiempo de individualismo residual, heteromorfismo y relativismo valoral, era postmetafísica, sociedad del ocio, era de la información, impersonalismo, etc. (Calvo Hernando, 1980). Estas son algunas de las calificaciones que el tiempo que nos depara ha ido teniendo desde distintos autores. Todas ellas mantienen posiciones equidistantes cuando nos referimos al hombre, o, por lo menos, elementos que han podido confluir sin problemas de paroxismo en el hombre de hoy. Cabe resaltar una cuestión no obstante inexorable: es el propio hombre el que reúne en torno a sí estas posturas limitadas que no están haciendo sino terminar de fragmentar lo más profundo que posee: su ser.
Estas circunstancias, que afectan al hombre notoriamente porque cuenta con que produciéndose tanto desde él mismo como desde fuera tienen una amplia conexión con su subjetividad, permiten hablar de un hombre postmoderno que: desvaloriza el trabajo y el esfuerzo en cuanto que el afán de hacerse a sí mismo y lograr metas sociales altas ha desaparecido del horizonte de muchos; que está obsesionado por el consumo inmediato, cuando niega el ahorro y la previsión de futuro; que repudia la moral y se abraza al hedonismo con un cuidado a veces desmesurado del propio cuerpo y un ocio improductivo como ambición preferente; que exalta la vida privada —“the right to be let alone”, “el derecho a estar solo”— pues piensa que es así donde puede conseguirse un poco de felicidad, creciendo, por tanto, la indiferencia ante los problemas de la vida colectiva, etc. (Cencerrado, 1994).
Vivimos en la era de la inmediatez, la prisa es uno de los signos más sobresalientes de nuestra época cuando estamos, además, en la sociedad del vértigo, de un apresuramiento urgente y veloz, desenfrenado, encarando una especie de fascinación por lo superficial, que lleva a un vacío brillante, una inmensidad inexistente que deslumbra sin iluminar (Rojas, 1994).
El hombre de hoy, que por altivo se convierte en un “yo fragmentado”, es como un superviviente de la historia que entierra el hacha de las grandes palabras (Razón, Progreso, Revolución, Universalismo) para ofrecerse a nuevos antagonismos más débiles, propios de un pensamiento más inconsistente: inmigración, asistencia social, ingeniería genética, eutanasia… (Villapalos, 1993). Así, por la comparecencia del nihilismo pretendido, se anunció la llegada de una “ontología débil” en la que el ser sólo se manifiesta de una manera fluctuante y evanescente en un mundo presidido por la radical ausencia de sentido: este es a veces hoy un padecimiento de mayor magnitud que el sentimiento de tener —una vez ausentada la valía de ser— por cuanto que el hombre de hoy tiene la sensación, llegando a veces a ser una frustración patógena, de que su existencia carece de sentido (Frankl, 1986).
La postmodernidad lo que ha hecho es decir adiós a las garantías, cerrándose a la utopía del sueño, a la fe, realizando un acto de abandono de todo fundamento, para ir al mundo de lo desconocido, actitud que no le preocupa por lo que se ve dispuesto a la privación del sentido. Es así como la pérdida de sentido, según Rodé (1994), se convierte cada vez más en la pérdida del gusto por plantearse preguntas sobre el sentido, es decir, lo que se discute no es tanto la respuesta como la legitimidad de la interrogación y el dolor que ésta provoca. Pero, como dice Poupard (1994), ¿qué sentido tiene todavía pensar en la endeblez del pensamiento?
Realmente, como venimos diciendo, todo esto no es más que la resultante de una profunda situación de crisis sobrevenida con las ideas postmodernas. Esta crisis abarca lo económico, lo social, lo cultural y de una manera fundamental lo moral, donde los modelos ya no son tales porque o se han extirpado de la historia o se han olvidado porque se creían obsoletos y en desuso; no ha sido más que la imposición de lo novedoso en detrimento de la tradición. El resultado es ya conocido: pérdida de identidad y carencia de sentido.
El hombre postmoderno halla un campo abonado en la psiquiatría y es aquí donde encontramos a Enrique Rojas (1992), quien se refiere al nuevo hombre “light” que va surgiendo producto de su tiempo. Algunos aspectos de la realidad son como la cara negativa de la moneda cuyo anverso representa las conquistas en todos los campos. Estos aspectos —«que funcionan mal» (Rojas, 1992: 14)— son: el materialismo, el hedonismo, la permisividad, la revolución sin finalidad y sin programa, el relativismo y el consumismo. Y en el hombre light, afectado por esta nueva epidemia de crisis, se dan los siguientes ingredientes: pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y de relativismo a la vez; cuya ideología es el pragmatismo, su forma de conducta la vigencia social, lo que se lleva; cuya ética se fundamenta en la estadística, sustituta de la conciencia; su moral, repleta de neutralidad, falta de compromiso, queda relegada a la privacidad, con un cierto temor a salir en público dada la poca consistencia de sus puntos de vista y convicciones.
El hombre, al dejar a un lado la verdad y el bien, ha perdido su libertad interior y se ha convertido en un esclavo de las cosas. Después de haber perdido su dignidad junto con esta libertad interior, el hombre ha perdido también su libertad exterior, comenta Vlk (1994).
Un hombre así, tan fragmentado, que no dejará huella, vacío, con ideales asépticos y de acciones más involuntarias e insípidas que movidas por la seguridad y la confianza o guiadas por la verdad; este hombre sin vínculos, vulnerable, cuyas opiniones cambian con inmoderada celeridad y que ha desertado de los valores transcendentes cuando ya no tiene punto de mira ni referente y está cada vez más desorientado ante los grandes interrogantes de la existencia (la suya y muy por debajo quizás las de otros que también existen pero que cada vez les importa menos). Es así que nos dice Díaz (1993: 103) con filosofía y literatura: «el hombre antiguo es un hombre de ánima; el hombre moderno es un hombre de ánimus; el hombre posmoderno es un hombre des-animado. El silencio es el vehículo del hombre antiguo; la palabra es el vehículo del hombre moderno; el ruido es el vehículo del hombre posmoderno».
A partir de todo lo debatido en torno a las tendencias venidas tras la modernidad, algunos autores han detectado, delimitado y definido algunos conceptos que nos pueden servir de aclaración final. Es así como Quintana (1994) habla de dos posiciones: una postmodernista, que viene a ser progresista, vanguardista, antitradicionalista, que enfatiza la obsolescencia de la modernidad, sosteniendo el pluralismo, la fragmentación, la deconstrucción del sujeto y la disolución de la historia. Y otra neomodernista, conservadorista, convivencial, pacífica y ecológica, rescatando la confianza en el avance científico-tecnológico, en la reconversión industrial y en el valor de la historia y del sujeto.
También Nicholson (1989) citando a Foster (1983), distingue dos tipos de postmodernismo: uno de reacción, que intenta derribar el modernismo para defender el statu quo, y un postmodernismo de resistencia.
Por último, para Franc Rodé (1994) el postmodernismo se presenta bajo dos aspectos: uno de promesa y otro de decadencia. En la postmodernidad como promesa aparecen una serie de rasgos como: exigencia de paz con la doctrina de la no-violencia; fin del etnocentrismo occidental y la aparición del pluralismo cultural; el neofeminismo en contraposición al feminismo radical; una mentalidad ecológica; el carácter inalienable de los derechos del hombre. Pero también se revela el postmodernismo como miseria y desesperación, con rasgos como la superación de las “grandes teorías” para colocar la “teorías pequeñas”, pensamiento débil, etc. Dentro de la epistemología se cree en la disolución de la verdad; en la antropología, apuestan por la disolución de la conciencia en el inconsciente y la negación de la persona en un número indefinido de máscaras; y en lo político, creen disuelta la política en simulacro y democracia de la dictadura, en un puro juego de las múltiples concepciones de la vida y del mundo, a las que se les da el mismo rango y valor.
No nos extrañe, por tanto, comprobar cómo términos como postmodernismo, postestructuralismo, deconstruccionismo, teoría del discurso, época del posdeber, modernidad o antigüedad tardía, aparecen como análogos, referidos a todo ese movimiento complejo, ambiguo y diverso que vino tras la modernidad.
En todo este contexto surge una certeza: es necesario poner un poco de orden ante tan abismal confusionismo, es necesario arrimarnos a la luz del sentido y antes que ocultar nuestros interrogantes con indiferencia efímera y huera, volver a mirar la naturaleza del hombre para confirmar de manera definitiva las posibilidades del ser que le funda.
Y volver a la naturaleza humana es precisamente establecernos en el ángulo esencial: la persona. Entre tanto hay que partir de una suposición: la persona es en el origen, y aunque así se constituya como referencia segura que guía el resto de la reflexiones, también se da un proceso de personalización mediante el cual se llega a la persona; un proceso de desarrollo personal vinculado al proceso educativo y bajo las prerrogativas de la educación integral. Es así como siendo la persona y planteándose una necesidad de llegar a ser, el desarrollo personal se identifica con el auténtico proceso educativo: el hombre, que necesita llegar a ser persona, se sirve del desarrollo personal como la auténtica forma de educación para no soslayar las verdaderas ventajas de la personalización.
Referencias
Calvo Hernando, M. (1980): Las utopías del progreso. Barcelona: Labor.
Cencerrado Alcañíz, F. (1994): «La Postmodernidad, un reto a la Educación». Tavira, 10, 7-18.
Díaz, C. (1993): Manifiesto para los humildes. Valencia: Centro de Estudios Pastorales.
Nicholson, C. (1989): «Postmodernismo, feminismo y educación: la necesidad de solidaridad». Revista de Educación, 290, 81-92.
Poupard, P. (Coord.) (1994): El horizonte de la libertad. En camino hacia la nueva Europa. Madrid: Ciudad Nueva.
Quintana, L. (1994): «Panorama postmodernista». Signos Universitarios, año XIII (26), julio-diciembre, 21-30.
Rodé, F. (1994): «El liberalismo en la postmodernidad», 67-79. En Poupard, P. (Coord.): El horizonte de la libertad. En camino hacia la nueva Europa. Madrid: Ciudad Nueva.
Rojas, E. (1992): El hombre light. Madrid: Temas de Hoy.
Rojas, E. (1994): «La prisa de la vida». ABC, 11 de diciembre, 70.
Vera Vila, J. (1995): «La educación y el sistema publicidad/moda». Bordón, 47 (1), 79-86.
Villapalos, G. (1993): «Miseria del desarraigo». ABC, 29 de enero, 3.
Vlk, M. (1994): «La libertad reconquistada después de los regímenes comunistas», 35-40. En Poupard, P. (Coord.): El horizonte de la libertad. En camino hacia la nueva Europa. Madrid: Ciudad Nueva.

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| Tags: educación, formación, Hombre light, humanidad, postmodernidad, valores |



O Artigo “El hombre ‘light’ en el desastre de la Humanidade” é mais uma das produções do Professor José Manuel Bautista Vallejo que por seu estilo e aliado aos seus inúmeros conhecimentos que são resultantes de uma grande jornada de estudo, pesquisas, vivência e convivências nos ensinos de Graduaçãoe Pós-graduação, nos presenteia com mais essa produção que nos remete a analisar o homem em tempos diferentes - O antigo, o moderno e o ppós-moderno.
O antigo caracterizado pelo saber ouvir, o moderno caracterizado por saber usar as palavras e centra preocupação no pós-moderno que diante da aceleração da indústria de informção, o acelerado processo de (re)descobertas da ciência aliada ao auxílio da tecnologia, o processo da universalização dos meios de comunicação e diante do rol de opções de produtos e apelo da mídia, o homem pós-moderno apresenta-se como um ser apático.
Busca o consumismo, mas, na maioria das vezes, não quer traçar um meio de obter tais facilidades; depreda o planeta e não mede as consequencias desse ato falho para a saúde do universo em futuro próximo. Não alcança a velocidade da tecnologia, nem se lança no cultivo desta ou daquela ação que resulte dele e nele um produto que registre sua passagem na convivência humana.
Mirian de Fátima Sousa Rocha, São Luis/Maranhão/Brasil.
mirianrocha@hotmail.com
Cara amiga Mirian:
Eres muy amable conmigo, agradezco enormemente tus palabras. Quiero expresar la deuda que tengo con las personas que han pasado por “mi vida personal y profesional”, una de ellas eres tú. No hay nadie que quiera ser más cada día que no deba lo que es a aquello que recibe de quienes le rodean, por eso muchas gracias por todos tus dones permanentes.
Espero que sigas creciendo cada día, en la perfectible vida que nos ha tocado vivir, invirtiendo en bondad y aumentando la disponibilidad de tu ser en una actitud de apertura permanente.
un fuerte abrazo. José Manuel Bautista.