EL ACOSO ESCOLAR EN LOS CENTROS EDUCATIVOS.
Cuando hablamos de “acoso escolar” nos estamos refiriendo a situaciones en las que uno o más alumnos persiguen e intimidan a otro compañero a través de insultos, rumores, maltratos, aislamiento social, motes, agresiones físicas, amenazas y coacciones… pudiendo desarrollarse a lo largo de meses e incluso años, siendo sus consecuencias ciertamente destructoras, sobre todo para la víctima pero también para los espectadores y para el propio agresor.
El problema del acoso escolar o también llamado bullying se ha caracterizado hasta hace bien poco por ser un fenómeno oculto, que pese a haber estado presente desde siempre en las relaciones entre los menores en los centros educativos y fuera de los mismos, no ha generado estudios, reflexiones o reacciones ni desde el ámbito académico ni desde las peticiones oficiales.
En los países más avanzados de nuestro entorno el acoso escolar comenzó a generar preocupación y a provocar la reacción de las autoridades desde finales de la década de los 80, siendo en nuestro país un motivo de preocupación desde hace escasos años.
En cierta manera ha ocurrido con este fenómeno algo parecido a lo experimentado con la violencia doméstica. Hasta hace poco se consideraba algo inevitable y, en algún modo no tenía la posibilidad de intervención del sistema penal, como problema de carácter estrictamente privado que debía ser resuelto en el seno de las relaciones entre iguales, o cuando más en el ámbito de la disciplina escolar, sin intervención por parte de la potestad de menores. Incluso las manifestaciones más delicadas de estos comportamientos antisociales tales como el aislamiento intencionado de un menor, exclusión o motes humillantes han sido tradicionalmente toleradas sin más.
De hecho, muchos de los actos definidos en el acoso escolar han sido y siguen siéndolo aún frecuentemente considerados como parte elemental de la experiencia escolar, relacionado a la dinámica propia del patio del colegio, como una lección más de la escuela en la que como anticipo de la vida, el menor tiene que aprender a resistir, a defenderse, a hacerse respetar e incluso a devolver el golpe. En esta concepción de la lucha por la vida, los más débiles quedan con frecuencia sometidos a los objetivos de los matones o acosadores escolares.
El silencio de las víctimas y de los testigos, cuando no de los propios centros, ha contribuido al desconocimiento de la gravedad del problema.
Aún en nuestros días hay quien mantiene que las reflexiones sobre el acoso escolar son una moda pasajera. Tales esquemas revelan una clara deficiencia en el diagnóstico y en la terapia de las patologías que afectan a la comunidad escolar, falta que debe ser definitivamente corregida, pues su aceptación lleva al riesgo cierto de minimizar el problema, ubicándolo en una zona de sombras desde donde siempre se ha mantenido, disfrutando de total seguridad. Negar o relativizar el problema es el más grave error en el que se puede incurrir.
Si la aplicación de violencia o intimidación a las relaciones humanas es siempre reprochable y debe ser combatida por el Estado de Derecho, cuando el sujeto pasivo de la misma es un menor, el Estado debe ser especialmente intenso, y ello por dos motivos: en primer lugar por la situación de especial vulnerabilidad en cierta manera predicable con carácter general de los menores; en segundo lugar por los destructores efectos que en seres en formación produce la utilización como modo de relación de la violencia y/o la intimidación. La experiencia de la violencia genera un impacto profundamente perturbador en el proceso de socialización de los menores. Los perjudiciales efectos del acoso en la víctima pueden concretarse en angustia, ansiedad, temor, terror a veces, absentismo escolar por el miedo que se genera al acudir a las clases y reencontrarse con los acosadores, fracaso escolar y aparición de procesos depresivos que pueden llegar a ser tan prolongados e intensos que desemboquen en ideas suicidas, llevadas en casos extremos a la práctica.
Estos efectos negativos afectan no solamente a quien sufre como víctima, sino también a quien los traspasa como victimario, pues a largo plazo existen altas probabilidades de que el acosador escolar asuma permanentemente ese rol durante su vida adulta, proyectando los abusos sobre los más débiles en el trabajo y/o en la familia (violencia doméstica, violencia de género). Por ello se ha podido decir que este tipo de acoso debilita los principios de la sociedad civilizada. El intimidador aprende a maltratar, comienza a sentirse bien con el papel que refuerza de manera antisocial su conducta, convirtiéndose, muchas veces, esto en la causa que le lleva a una carrera delincuencial posterior. Si los intimidadores no reciben rápidas y intensas valoraciones negativas a su conducta, y respuestas firmes de que no van a resultar impunes, y/o si son "recompensados" con cierto nivel de popularidad y sumisión entre los demás compañeros, el comportamiento agresivo puede convertirse en una forma habitual de actuar, haciendo de la dominación un estilo normalizado en sus relaciones interpersonales.
El peligro del acoso escolar alcanza incluso a los menores que como testigos mudos sin capacidad de reacción los presencian, pues por un lado se crea un ambiente de terror en el que todos se ven afectados como víctimas en potencia, y por el otro, estos menores están expuestos al riesgo de asumir una permanente actitud vital de pasividad cuando no de tolerancia hacia la violencia y la injusticia.
Debe señalarse el acoso escolar de los incidentes violentos, aislados u ocasionales entre alumnos o estudiantes. El acoso se caracteriza, como regla general, por una continuidad en el tiempo, pudiendo consistir los actos concretos que lo integran en agresiones físicas, amenazas, maltratos, coacciones, insultos o en el aislamiento intencionado de la víctima, siendo frecuente que el mismo sea la resultante del empleo conjunto de todas o de varias de estas modalidades. La igualdad que debe estructurar la relación entre iguales se convierte en una relación jerárquica de dominación-sumisión entre acosador/es y acosado. Se presenta también en esta conducta un desequilibrio de poder, que puede manifestarse en forma de actuación en grupo, mayor fortaleza física o edad, aprovechamiento de la discapacidad de la víctima etc.
El acoso se caracteriza también por el deseo consciente de herir, amenazar o asustar por parte de un alumno frente a otro. Todas las modalidades de acoso son actos agresivos en sentido amplio, ya físicos, verbales o psicológicos, aunque no toda agresión da lugar a acoso.
El acoso en su modalidad de agresión emocional o psicológica es aún menos visible para los profesores, pero es extremadamente doloroso. Condenar a un menor al aislamiento escolar puede ser en determinados casos más dañino incluso que las agresiones leves continuadas. El acoso en su modalidad de exclusión social puede manifestarse en forma activa, no dejar participar; en forma pasiva ignorar; o en una combinación de ambas.
El acoso también puede practicarse individualmente o en grupo, siendo esta última modalidad la más peligrosa, pues si por una parte los acosadores tienen por lo general en estos casos un limitado sentimiento de culpa, tendiendo a disolverse o desaparecer la conciencia de responsabilidad individual en el colectivo, que se auto justifica con el escape de que no se sobrepasa la mera diversión, por la otra el efecto en la víctima puede ser tremendo a consecuencia del incitado sentimiento de soledad.
La adquisición del objetivo de lograr un ambiente de paz y seguridad en los centros educativos y en el entorno de los mismos, donde los menores puedan formarse y socializarse adecuadamente debe volverse en meta necesaria, superando la paciente aceptación de la existencia de prácticas de acoso entre nuestros menores, como algo esencial a la vida de los centros escolares e institutos.
La radical sensibilización que se ha producido en relación con la violencia doméstica, que ha llevado a tratamientos de tolerancia cero, debe ahora ser trasladada al acoso escolar, si bien las respuestas en todo caso han de ser seleccionadas por los principios que informan el sistema de justicia juvenil.
Las causas son variadas, entre las más frecuentes suelen estar las que tienen que ver con un abandono del sistema educativo, la escasa importancia de la violencia entre niños y la expansión del éxito, la rivalidad, la competitividad entre iguales así como el maltrato y la ridiculización como una herramienta para conseguirlo.
Los valores que se extienden a través de los medios de comunicación, que exponen a los niños de manera creciente a formar relaciones perjudiciales entre iguales. Es divertido reírse de otros, resulta rentable vengarse de los demás y suele ser una forma de llamar la atención y de obtener un reconocimiento social el incordiar a otros. Se trata, en el fondo, de unos valores en alza que dan prioridad al maltrato como una forma aceptable de obtener reconocimiento social o de pasar el rato.
Los factores de riesgo de la violencia, en particular, son variables que ponen al sujeto en una posición de vulnerabilidad hacia las conductas y actitudes violentas.
Una buena intervención educativa para abordar el tema del acoso escolar en las aulas es el que debe incluir tratamiento colectivo e individual.
Otros programa de intervención educativa se debería basar en varios puntos: como la creación de un reglamento del centro, en el cual se recojan las normas para llevar a cabo un buen funcionamiento del centro; análisis y diagnóstico del problema en el centro concreto en el que se va a desarrollar el programa de intervención; intervención curricular específica para resolver el problema; intervención individualizada tanto para agresores como para víctimas; y mejorar la vigilancia en todo el centro, fundamentalmente la zona de recreo, el comedor y, en general, todas aquellas áreas o espacios que se han detectado de riesgo.
El fenómeno del bullying es algo común en nuestras escuelas y que no diferencia de etnias, zonas urbanas o rurales, escuelas privadas o públicas, chicos y chicas, etc. Es responsabilidad de toda la comunidad educativa abordar este problema en su justo término y sin minimizarlo. Además sabemos que le corresponde a las Administraciones Públicas conceder recursos económicos, formativos y personales a los centros educativos para que no se sientan desprotegidos y desorientados en su trabajo.
Y esto es así de importante porque la situación del maltrato destruye lenta, pero profundamente, la autoestima y la confianza en sí mismo del escolar agredido, que puede llegar a estados depresivos o de permanente ansiedad y que, como poco, le harán más difícil su adaptación social y su rendimiento académico y, como mucho, lograrán que llegue a situaciones verdaderamente extremas como al suicidio.
Se trata de una cuestión de derechos democráticos fundamentales por los que el alumnado se tiene que sentir a salvo en la escuela, lejos de la dominación y la humillación intencional repetida que implica el bullying.